POMPEYA
A las siete y media de la mañana, una hora que no sabía ni que existía en los relojes, como fieles y abnegados turistas, abandonábamos el portal de nuestra casa y emprendíamos a todo correr el camino que debía llevarnos -si Google maps no nos engañaba- hasta la puerta de Pompeya minutos antes de la hora de apertura. No lo conseguimos, aunque no fue por falta de diligencia sino de tarjeta, porque resulta que nuestra Campania Arte Card no nos permitía coger el tren expreso con el que contábamos, así que tuvimos que esperar unos minutos para subirnos al nuestro, algo más lento, que nos dejó en nuestro destino a una hora ligeramente posterior a la planificada. Insisto en esto porque toda nuestra obsesión residía en evitarnos las eternas colas que forman las hordas de los nuevos bárbaros que vienen otra vez a asaltar el Imperio romano, si bien en ruinas.
El caso es que no lo hicimos mal del todo y a eso de las nueve y media ya estábamos cruzando Porta Marina para sentir de nuevo la sensación de vivir en una ciudad de hace dos mil años. El recorrido que elegimos nos iba a llevar por los principales sitios, empezando por el foro, esa plaza que acoge a un templo, no tan distinta a lo que puede ser el Obradoiro en Santiago de Compostela: la catedral a un lado, enfrente, el poder civil, y a ambos lados la universidad y la hostelería. Los romanos no tenían universidad, y en cuanto a hostelería, dejaban mucho que desear. Los “hoteles” eran lugares sórdidos que los ricos procuraban evitar acogiéndose a la hospitalidad de sus amigos cuando tenían que salir de viaje. Pero claramente me estoy desviando del tema y conviene retomar el hilo. Después del foro fuimos a los dos teatros que hay en Pompeya e intentamos entrar en el templo de Isis, pero no lo conseguimos, porque estaba cerrado, no sabemos el motivo. Ya es la segunda vez que me lo hacen, empiezo a pensar que es algo personal. Continuamos nuestro camino que nos llevaba al lupanar, una de las principales atracciones de Pompeya, que sí estaba abierto, aunque precedido de una cierta cola. Por un momento pensamos en abandonar, pero Vaida declaró abiertamente que esto no pensaba perdérselo. En realidad, es un tanto decepcionante, pero nos sirvió para enlazar con el “gabinete erótico” que habíamos visto el día anterior en el museo de Nápoles. En efecto, uno de los objetos que han ocupado nuestros comentarios en el día de hoy han sido las representaciones de falos, de diversas formas y tamaños, con alas o sin ellas, que pueblan las calles de esta ciudad, en algún caso, acompañado de frases de cierta altura filosófica: “hic habitat felicitas”, es decir: “aquí habita la felicidad”. El triunfo del cristianismo arrojó un velo de pudor y pecado sobre este tipo de representaciones que ha causado enormes daños durante siglos. Betty, en un arrebato de sinceridad, exclamó: “cómo me molan tantos falos por aquí”. Debo añadir que, en estos días, Betty ha estado ligando por email con Leonardo Padura, ya han quedado para verse en Coruña el 20 de septiembre. No sé por qué una cosa me ha llevado a la otra.
Después de los teatros, enfilamos derechos hacia el anfiteatro, situado en una esquina de la ciudad, en el que pudimos entrar. Vimos también la palestra y aprovechamos para comer algo de las provisiones que llevábamos y beber una vez más, que es algo que hicimos sin parar a lo largo del día. Volvimos a cruzar la muralla para recorrer la necrópolis de Porte Noceria, donde hay algunas tumbas de mérito. Luego entramos para ver otra de las “atracciones” que atraen a los nuevos bárbaros, esto es, los moldes de yeso de los infortunados a los que atrapó el volcán enfurecido. A partir de ahí, nos volvimos a la parte norte de la ciudad, vimos algunas casas estos nobles romanos que sabían vivir tan bien, y alargamos nuestro paseo hasta la Villa de los misterios, donde se encuentra uno de los frescos más espectaculares y enigmáticos que nos ha dado la pintura romana.
Hasta ahora todo esto me he quedado un poco “en plan” (esto lo digo por si Pitu me está escuchando) guía turística. Si hacemos la lectura costumbrista, como es propio de este blog, diré que han sido las dos, la española y la lituana, que me acompañaban, auténticas heroínas, sin quejarse ni rendirse, sino reclamando más Roma y haciendo toda clase de preguntas más o menos peregrinas, bajo un sol de justicia, que debía de hacer una temperatura que ni en la fragua de Vulcano. Vaida se interesó especialmente por los órdenes arquitectónicos -dórico, jónico y corintio, supongo que porque es algo que uno debe aprender y no podemos perder un día sin aprender algo. Oímos mucho español, pero también idiomas variopintos: polacos, rusos, franceses, pastoreados por guías gritones que repetían la cantinela aprendida.
Después de la Villa de los misterios, agotados y doloridos, tuvimos que deshacer parte del camino para volver al tren (Circumvesuviano) hacia casa. Debo decir que apenas intercambiamos algunas palabras aisladas durante el viaje porque hasta hablar nos resultaba un esfuerzo excesivo. Para colmo de males, el metro tardó unos veinte minutos en llegar, como último sacrificio que el dios de Pompeya nos reclamaba.































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